El rol docente hoy: de autoridad indiscutida a sinónimo de vagancia.

Desde que tengo uso de razón esta época del año está plagada de incertidumbre para los docentes. Mesa de negociaciones, paritarias, salario mínimo, capacitación, diseño curricular, jubilación, etc. Es una lista larga en donde se contemplan muchas de las exigencias de maestros, profesores, directivos y demás integrantes del plantel educativo, quienes ven tanto en la educación pública como en el rol docente un marcada y profunda devaluación.

Esta situación de incertidumbre inquieta no sólo a los educadores, por los motivos antes mencionados, sino también a los padres que, a pocos días de que empiece el año escolar, no saben si sus hijos podrán concurrir o no a clases debido a la amenaza constante de una medida de fuerza que afectaría el comienzo. Así es como todas las quejas e insultos son dirigidas a los docentes, poniendo en duda su capacidad, sus ganas de trabajar y hasta su vocación por la enseñanza. Es en este punto donde inevitablemente me surge la pregunta acerca de qué fue lo que pasó para que el maestro dejara de ser una figura cuya palabra era indiscutible y pasara a ser uno de los grandes males de nuestra sociedad.

Los de mi generación y algunos un poco más adultos recordarán al maestro como una figura que representaba conocimiento, vocación, responsabilidad y respeto. En mis años de colegiala a nadie se le hubiese ocurrido faltarle el respeto a un maestro y, si lo hacía, era su última acción como alumno de la escuela a la que concurría. Llegar a casa con una nota en el cuaderno, una citación para los padres o una mala calificación significaban semanas de penitencia sin salir ni mirar televisión. Y jamás se nos ocurría contradecir la palabra del maestro; lo que él o ella decía era palabra santa.

Hoy vemos una situación muy diferente. No creo necesario desarrollar un poco más la realidad que vive un educador, aunque sí me atrevo a decir que es muy distinta de la de cualquiera que nunca se ha parado frente a una clase. No es fácil ese lugar, sobre todo si se tienen en cuenta factores que la educación, como está planteada, no considera. Cada alumno tiene un nombre y una historia, desarrolla formas de pensar y de actuar distintas de acuerdo a su realidad. A eso hay que sumarle que en cada curso hay alrededor de 25 alumnos y que muchos llegan a la escuela sin haber recibido ningún tipo de educación en su casa, como si esta institución debiera hacerse cargo de criar hijos ajenos. Este es uno de los grandes problemas a los que se han enfrentado las escuelas en los últimos años. Dejaron de ser instituciones de formación académica y, de un tiempo a esta parte, se transformaron en guarderías con comedores.  La carga de violencia con la que el alumno se presenta en muchas oportunidades dificulta no sólo el aprendizaje sino también el acatamiento de los límites de sus compañeros y, así, el orden y la enseñanza.

Llamar al padre para que discipline a su hijo es una pérdida de tiempo y dejarlo sin recreo o enviarlo a rendir la materia en diciembre sólo aumenta el desprecio tanto del alumno como de sus padres, que ven en la escuela un mecanismo para mantenerlo fuera de casa por algunas horas y, también, para desentenderse de los problemas que ese chico pueda llegar a tener. No es casualidad que existan las colonias de vacaciones y las escuelas de verano. No quiero decir que todos los padres que envían a sus hijos a estas instituciones lo hagan porque quieren sacarse un problema de encima. Sin embargo, es una realidad que está y se da en muchos casos y, así, el maestro pasa a ser padre y psicólogo además de maestro, recibiendo un salario mínimo y la estigmatización social antes mencionada.

No quiero dejar de hacer referencia a un hecho que me resulta curioso: la inmensa carga de frustración con la que algunos padres atormentan a sus hijos, motivo por el cual se niegan a aceptar que el chico falle en una materia o no sea bueno practicando un deporte. Él tiene que alcanzar todas las mateas no alcanzadas por su padre, de otro modo, cargará con esa frustración ajena y lo hará sentirse un fracasado y un mediocre a corto plazo. Claro está que en todas estas situaciones el principal culpable nunca será el padre que sobre exige a su hijo, sino otra vez el maestro, que en su metodología de enseñanza buscará que el alumno se supere por sí mismo y no allanándole el camino.

Quiero aclarar algo que me parece importante: cuando me refiero al rol del docente, a las condiciones de trabajo y a la realidad que se vive en el aula, me refiero a todos los educadores que día a día se paran frente a una clase. Sin embargo, me solidarizo especialmente con aquellos que tienen verdadera vocación de enseñanza, aquellos que se comprometen día a día y que tratan de superarse no sólo dando lo mejor de sí sino también capacitándose en cada oportunidad que se les presenta, implementando métodos innovadores (dentro de lo que permite el sistema) y que se involucran con la realidad de sus alumnos. No son todos así, algunos sólo ven en la docencia una salida laboral en la cual no hay vocación ni compromiso. No me refiero a ellos ni me solidarizo con ellos. No creo que cualquiera sea capaz de dar clases y estoy convencida de que la responsabilidad de que haya docentes con esas características es del Estado que sostiene y apoya el sistema educativo tal como funciona hoy.

No creo tener toda la razón con respecto a la realidad en la educación, pero si puedo decir que la veo desde el relato de personas con vocación docente y con una clara perspectiva de cambio. No todos son así, como ya expuse anteriormente, con lo cual ya no voy a llamar maestro o profesor al que decide sacarse una carpeta médica para tomarse vacaciones, al que hace paro en la escuela pública pero no en la privada, al que trata al alumno como un idiota responsable de su propia ignorancia. Esos no merecen ningún reconocimiento. Sepamos diferenciar y no juzgar erróneamente por causa de unos cuantos que dejan mucho que desear.

maestro