¿El chorro del 506 o la condena por ser negro?

En la parada de colectivos de 13 y 44 hay un negro. Tendrá alrededor de 20 años. Usa ropa grande, vieja y sucia y se mueve con un aire altanero. La gente que pasa lo mira con desaprobación, pero él no agacha la cabeza, sostiene la mirada desafiante. No es negro de piel, más bien es castaño y hasta tiene ojos verdes. Pero es un negro, tiene actitud de negro y eso es lo que todos advierten en la parada. Sube al 506. Atrás, hayun tipo canoso con boina que juega con un teléfono. El negro se le sienta al lado, el canoso lo guarda y se acomoda de manera tal que el negro no le pueda sacar nada. Se hace el que no lo ve, pero sabe que está ahí y por eso abraza su mochila y mira por la ventanilla. A medida que el micro avanza, suben otras personas y todas se sientan bien lejos del negro. Al rato se para el canoso y se baja. El negro lo mira, se acomoda la gorra y se vuelve para el lado de la ventanilla. Entonces se escucha el grito de una señora: “¡Me robaste, negro de mierda! ¡Devolvéme la billetera!”. Es una mujer de unos 60 años, con el pelo rubio ceniza, ojos marrones y cara como de cera. Le gritaba al negro y éste la miraba con los ojos muy abiertos, sin dejar de parecer altanero y empezando a actuar en su defensa. La mujer sigue gritando arriba del colectivo, el chofer mira la situación por el espejo mientras aminora la marcha y  un hombre se acerca al negro, agarrándolo por los hombros y exigiéndole que devuelva la billetera. Varias personas más se suman a la riña, al momento que el chofer frena el colectivo. Entre dos o tres revisan al negro mientras éste está tirado en el piso, tratando de zafarse, motivo por el cual cada tanto liga alguna patada. Cuando ya no tienen qué revisar, la señora empieza a gritar que seguro tiró la billetera por la ventanilla. Nadie duda de su palabra y todos empiezan a colaborar para bajar al negro chorro del colectivo. “¡Yo no tengo nada, loco, soltáme!”, grita el negro. Lo golpean un par de veces más, “por negro de mierda” dice un hombre  con manos muy grandes, hasta que el negro se zafa y sale corriendo de ahí, con el pantalón por las rodillas, una zapatilla menos y el buzo todo desgarrado. No se para para mirar atrás y sigue corriendo hasta que se pierde de vista.

Esa noche, la señora rubia que había acusado al negro de robarle la billetera, recibió un mensaje de la amiga que había visitado esa tarde. Decía que había dejado su billetera olvidada en su casa y que si necesitaba pasar a buscarla, ella la esperaba. Inmediatamente pensó en el revuelo que había armado en el colectivo, pero no sintió una pizca de arrepentimiento. El pibe era un negro de mierda, si no era a ella, seguramente le había robado a alguien más. Y se lo merecía, por negro. No comentó nada a su familia sobre el mensaje de su amiga. El hecho de que el negro no le hubiese robado nada, no era motivo suficiente como para que limpiara su imagen. Había que cuidarse de esa gente y a lo mejor había que reaccionar de esa manera más seguido. Son negros, pensó la señora, y de alguna manera hay que cuidarse.

¿Cuándo fue que un pibe de 20 años pasó a ser “un negro de mierda”? ¿En qué momento lo condenamos a ser un chorro? ¿Qué nos llevó a pensar en ese pibe como una posible amenaza? ¿Desde cuándo vestirse y actuar de una manera nos posiciona en el lugar de jueces? ¿Por qué nos anticipamos a condenar al otro? ¿Cómo estamos tan seguros de que no somos “un negro de mierda”? ¿Cómo se hace para dejar de ser un “negro de mierda”?

El es Cesar González, mejor conocido como Camilo Blajaquis. Escritor y referente de los jóvenes en situación de vulnerabilidad y uno de los tantos chicos que nos perdemos de conocer por ver en él a un “negro de mierda”.

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